jueves, 15 de mayo de 2008

Paris-Brest-Paris

Esta historia la copie directamente de la pagina de Amigos del Ciclismo. Para los que le guste el mundo del pedal no tiene desperdicio.


Quién no ha oído hablar de la París-Brest-París, la mítica ciclomaratón que se celebra cada cuatro años en tierras galas? En agosto de 2007 se ha celebrado la 16ª edición, una de las más duras que se recuerda por culpa de una muy adversa climatología.
Juan Merallo, que pedaleaba por primera vez en esta prueba, nos cuenta su paso por la París-Brest-París, relatándonos los sucesos acaecidos durante el descubrimiento de una prueba en la que uno llega a conocer su propio límite. Una historia de superación, condición física y control mental, en el que sólo los más aguerridos ciclistas se atreven siquiera a empezar.
Son sólo poco más de 1200 kilómetros ¿te vienes?

Antes de la PBP

Flechas de señalización Había sido un duro año de preparación para la Paris-Brest-Paris (PBP), la ciclomaratón más popular del mundo que se celebra cada cuatro años como si fuera una fiesta cuatrienal. No sólo fueron los “brevets”, o sea las pruebas preparatorias y clasificatorias para poder participar en la PBP, sino también el resto de salidas y rutas para prepararse tanto física como mentalmente. Además de los obligatorios Brevets de 200, 300, 400 y 600 kilómetros, habíamos hecho algunas otras rutas, para intentar que la preparación fuera lo menos aburrida posible, aprovechando que estábamos en forma. Por ejemplo ir de Madrid a Valencia en bicicleta. Ir de Madrid al pueblo de mis padres, en Extremadura, aprovechando para utilizar el entrenamiento al mismo tiempo como un medio de transporte. Hacer marchas nocturnas en bicicleta por las sierras alcarreñas y conquenses. Participar en la clásica Quebrantahuesos o la de la Sierra Norte de Madrid. O puestos a empaparme de las tradiciones rodadoras históricas, me hice parte de la ruta hacia Paris en bicicleta, concretamente desde Alovera hasta más allá de los Pirineos, rememorando a aquellos randonneurs españoles de principio del siglo XX, que salían en bicicleta varios días antes para participar en las pruebas galas.
Un representante danés Todo era poco para una ciclomaratón que merece los mayores calificativos por su dureza: Más de 1200 kilómetros que deben hacerse en menos de 90 horas en el que tu te gestionas las horas de pedaleo, descanso o sueño, teniendo que pasar una serie de controles horarios durante el recorrido, incluidos algunos secretos para que no haya lugar a la trampa; terreno ondulante, muy rompepiernas; abandonado a tu suerte excepto cada 100 kilómetros que tenías la posibilidad de apoyo y asistencia (precisamente en los controles), pero nada entre medias, tu te arreglas tus averías, tu llevas tu comida, lo que necesitas, tu regresas por tus medios si ves que no puedes continuar… De ese modo, el aspecto de los “randonneurs” o “rodadores” es una extraña mezcla entre los antiguos “randonneurs” del siglo pasado, con sus luces en la bici y en la cabeza, cuales mineros, sus bolsas delanteras y traseras, sus alforjas, sus guardabarros (y hasta algunos sus patas de cabra), sus caras desencajadas por la fatiga y el sueño, su falta absoluta de vergüenza para echarse a dormir en los sitios más insospechados (cuneta, hierba, pajar, esquina de un bar, bajo la mesa de un restaurante, en todos lados aparecían randonneurs durmiendo a pierna suelta para recuperar un poco las fuerzas), su suciedad acumulada durante horas y a veces días, todo ello mezclado con las nuevas máquinas, más sofisticadas, con la indumentaria más moderna, con el goretex y en fin, la nueva tecnología que ayude a hacer menos sufrido el esfuerzo.

La salida

Guardabarros improvisado Al llegar a la puerta del Polideportivo de los Derechos del Hombre, en Goyancourt, de donde salía la PBP, nos encontramos un gentío ya esperando, pese a que faltaban unas tres horas para la salida. Hay ambiente de nervios por la prueba y por las previsiones meteorológicas, que no son nada halagüeñas, pero sobre todo de expectación por empezar a pedalear, por empezar a devorar kilómetros.
Un cielo cobrizo amenazaba lluvia a los miles de ciclistas venidos de todos los rincones del planeta. En el lado europeo predominan los franceses, pues juegan en casa, además de los alemanes, británicos, italianos, españoles y daneses, por este orden. De otros continentes, lo que más se ve son estadounidenses, australianos, canadienses y japoneses. Parece increíble la cantidad de gente de países tan variopintos que mueve esta ruta organizada por el Audax Club Parisien. El caso es que algunos se comportan como si vinieran durante años. Los más inquietos parecen los japoneses, que no paran de hacer fotos, observar cada detalle y escudriñar el cielo.
Placa del cuadro y reflectante La edad media tampoco es muy baja que digamos. A mis 44 años, casi me puedo considerar un pipiolo ante las canas que se advierten bajo los cascos, pues la media está por encima de los 50.
Tras la larga espera en la que los ciclistas nos entreteníamos haciendo la ola, pasamos el control de las luces, de la bicicleta y de la casulla o peto reflectante. Mi bici pasa el control, aunque el controlador se queda mirando tanto los peculiares radios de mi rueda, como el más peculiar guardabarros casero que lleva mi bici, un improvisado guardabarros fabricado por Josu, hecho a partir de una botella de plástico cortada por la mitad y acoplada al transportín trasero. Ingeniería de la reutilización. Aunque estamos metidos en esta élite de rodadores, aún se nota que somos de Pedalibre: Cutres pero eficaces.
Mi bici de carbono multidireccional no causó sensación alguna, allí las bicis que causaban sensación eran las más antiguas, las que pareceían sacadas por arte de magia de una de esas viejas fotos en las que un señor con bigote daliniano y gorra de esparto la sujeta sobre un fondo onírico. También causaban sensación las de piñón fijo, que increíblemente las había pese a lo escarpado del terreno. Tampoco pasaban desapercibidas las recostadas, los tandems, los artilugios en forma de huevo aerodinámico y otras lindezas que habían salido un rato antes que los de las bicis “normales”.

St. Quentin en Ivelynes- Mortagne au Perche (km 140)

Dos luces alumbran más que una A las 22,30 del lunes día 20 de agosto nos dan la salida. El presidente de la república francesa en diferido, unas cuantas arengas sobre seguridad y comportamiento cívico, una cuenta atrás y finalmente un chupinazo indican que puedes empezar a dar pedales. Yo, al oír el chupinazo no puedo evitar gritar “Viva San Fermín”, pero se ve que no había pamplonicas a mi alrededor, porque nadie contestó el correspondiente “Viva”.
Con el chupinazo comenzó también la lluvia. No era un buen augurio, pero al menos sirvió para que la gente no saliera muy escopetada por miedo a resbalar y se pudiera rodar de salida a un ritmo más humano que el que me habían advertido que normalmente se imponía. Ya era de noche, así que se veía una amplia estela de luces rojas de frente que sólo había que seguir.
El grupo de la ya típica convivencia madrileño-salmantina íbamos juntos. Ambos pertenecemos a grupos de ConBici (Josu y yo a Pedalibre; José, Paco y Ramón a Amigos de la Bici de Salamanca), pero esto de la PBP, aunque algo, tiene poco que ver con la filosofía de ConBici, del cicloturismo Sin Prisas y de la bici como medio de transporte. Esto es otra cosa.
Después de un momento incluso dejó de llover y todo se veía de color de rosa, montones de personas animando al paso de los ciclistas, sensaciones vívidas de estar metido en algo muy especial, en algo que sólo se hace cada cuatro años y de lo que vienes oyendo hablar desde hace tanto tiempo, y ahora tu eres parte de todo ello. En las hondonadas, cuando has bajado y vas a comenzar a subir, a veces se veían por delante varios kilómetros de silenciosas luces rojas y, si mirabas hacia detrás, otras tantas luces blancas. Nunca había visto nada igual, me impresionó muchísimo.
Dos representantes nipones esperando la salida Como ya me habían avisado, Francia no es tan llana como dicen, es un continuo sube y baja de lo más incómodo. Donde yo vivo ahora, si subes, subes durante unos cuantos kilómetros, y si bajas, bajas durante otros cuantos kilómetros, pero aquí las subidas y bajadas son cortas, de desniveles diferentes y no te dejan coger un ritmo, cambiándotelo continuamente, algo a lo que algunos no estamos acostumbrados y a nuestro cuerpo le pilló un tanto de sorpresa.
En cada cruce había una flecha que te indicaba la dirección y en algunos cruces más conflictivos había personal indicando, en ocasiones improvisados vecinos del pueblo por el que se pasaba, aunque fueran las tantas de la noche. A veces no había nadie, no tenían obligación de ello. Generalmente te fíabas de los que iban delante, pero no dejabas de mirar las flechas, por si acaso los de adelante se hubieran confundido y nos llevaban al resto a la perdición.
Un rato antes de llegar a Mortagne au Perche comenzó a llover con insistencia y no lo dejó hasta unas tres horas más tarde, ya amaneciendo. En Mortagne los nuevos andábamos desorientados, no había que sellar a la ida (si a la vuelta), pero estaba el pabellón tan lleno de gente que entramos por si era un control secreto. En realidad la gente se estaba refugiando de la lluvia, en espera de que lo pudiera dejar, pero no. El viento es del oeste, o sea de borrasca, o sea en contra, a trozos bastante fuerte y desagradable. Esto nos deja totalmente calados y algo fríos.

Mortagne au Perche-Villaines la Juhel (km 222)

Inquietud en la salida Como siempre ocurre al llover, la sensación de humedad te hacía olvidar que tenías que beber y había que recordárselo al cuerpo y a la mente de vez en vez. La oscuridad era absoluta durante la lluvia nocturna, pues la luna estaba tapada por las nubes. El agua me caía en las gafas (de las nubes y de lo que salpicaban las bicicletas) y me dificultaba aún más la visión, no veía casi nada pese a las potentes luces blancas frontales que llevábamos. Para mí la única solución era seguir las luces rojas que iban enfrente y confiar en no pillar un bache de importancia, porque podía irme al suelo. Tuve suerte, pues baches los había, y muchos, en la carretera de salida de Mortagne.
Casi estábamos deseando subir, pues bajando el cuerpo se quedaba frío y no daba tiempo a ver por donde se circulaba. El casco me estaba haciendo más perjuicio que beneficio, porque su visera no servía para quitar la lluvia, mojándoseme más las gafas e incrementando la posibilidad de caída. Ya me lo decía mi abuela: donde esté una buena gorra. Al llegar al próximo control, en Villaines, me puse la gorra con visera, que me permitió ver mucho mejor, me hizo sentir más seguro y avanzar con más decisión.
Bici clásica de la PBP Tampoco podías seguir a otros ciclistas para que te quitaran el viento, pues te echaban unas cantidades insoportables de agua en la cara y el cuerpo. No todos llevaban guardabarros y esos estaban muy codiciados. Yo era uno de los codiciados, pues llevaba el guardabarros casero antes comentado.
Hubo un momento en el que la lluvia era tan fuerte y la riada que venía por la carretera abajo tan enorme que pensé francamente que la prueba se iba a suspender. Las noticias en los días anteriores sobre inundaciones en Europa me hacían pensar que estábamos ante un episodio de ese tipo y que en el siguiente control nos iban a decir que nos fuéramos para casa. Por fortuna no acabó siendo así.
En Fresnay sur Sarthe (195 kms) paramos Paco, Ramón y yo a tomar un café (Josu y José siguieron camino), estaba amaneciendo y éramos los primeros clientes de un sonriente camarero que sabía que esos días iba a estar muy ocupado. En el servicio escurrí la ropa que llevaba puesta y salía agua como si la acabara de sacar de un barreño Villaines la Juhel-Fougeres (km 310)
Timbre y maletín En Villaines la juhel (222 kms) pasamos un control y vimos por primera vez en ruta a los compañeros del apoyo. Estos sólo nos podían apoyar en los controles, en el resto del recorrido tenían prohibido el acceso y si les pillaban nos supondría a nosotros una penalización de tiempo importante.
Edu había abandonado, no se encontró bien y lo dejó. Había salido antes que nosotros, para realizar la ruta de 80 horas. Nos acompañó hasta el siguiente control.
El apoyo nos había preparado un desayuno. Me lo tomé con auténtica voracidad. Me cambio algo de ropa seca, aunque no me serviría de mucho, porque siguió lloviendo intermitentemente.
Me entero que está haciendo la ruta el lehendakari Ibarretxe, junto a dos escoltas. Yo no le llego a ver en toda la ruta, pero otros compañeros sí, y dicen que va a un ritmo muy bueno, muy regular. Según dicen, Ibarretxe no es especialmente abierto, pero sin embargo habla con amabilidad a todo el que le dirige la palabra. Más tarde bromeamos acerca de lo mal pagado que debe estar el trabajo de los escoltas, porque no hay dinero que pague lo que aquí se sufre.

Fougeres-Tinteniac (km 364)

El gentío agolpado en la salida Control en Fougeres. En los controles, una persona te pasa la tarjeta magnética por un lector y la información queda reflejada de inmediato en internet, de este modo tus amigos y familiares pueden seguir tu devenir al momento. También te sellan en el cuaderno de ruta, especificando la hora de paso.
Es la hora de comer, y el apoyo ha montado el tenderete bajo una parada de autobús, para evitar la lluvia. Allí comemos, cogemos avituallamiento líquido y sólido para llevar y nos disponemos a hacer los 140 kilómetros que restan hasta Loudeac (km 450), para dormir allí, con un control intermedio en Tinteniac. El plan inicial era haber llegado hasta Carhaix (km 525) a dormir, pero la lluvia y sobre todo el viento de cara nos están frenando y eso significará que a partir de Loudeac iremos con la hora muy justa, pues si no pasas un control a la hora prefijada, quedas fuera de la prueba, bueno, puedes seguir circulando, pero no te homologan la ruta.
Los más antiguos te cuentan que no han visto una PBP con una climatología tan adversa como esta, así que nos ha tocado estrenarnos en unas condiciones nada amables. Esto me lo cuentan incluso personas de otros países con los que hablo y que han participado en otras ediciones. Ellos hablan mucho de los años de calor, pero era otro tipo de padecimiento, no había viento que te frenara.

Tinteniac-Loudeac (km 450)

Estela fosforescente En Tinteniac no paro mucho, pues no queremos llegar muy tarde a Loudeac, y pedalear de noche sólo lo imprescindible. En este tramo intento pegarme a algún grupo que vaya a un ritmo majete. No me veo muy mal pese a los kilómetros que llevo, estoy comiendo bien, bebiendo mejor y estirando los músculos siempre que puedo. Voy durante un rato con un grupo de daneses a los que paso también algún relevo, para que no se diga, eso sí, sin excesos. El caso es que en las subidas un poco más exigentes ralentizan mucho el ritmo, demasiado para mí, que decido tirar hacia adelante. Esto es algo muy común, es difícil pillar un grupo que sea el que realmente te conviene. Unos porque van demasiado ligeros, otros porque van a tirones, otros porque van muy lentos, otros porque se mueren en las subidas y te duermes si vas con ellos.
Más adelante encuentro a Josu, que iba por delante. No le veo muy fino, sobre todo no le veo con la euforia que suele llevar cuando va en bici y eso me escama. Le paso relevos, pero aunque no fuerzo, se me queda. Algo le pasa, este no es el Josu que yo conozco. Intento ir con él, para que no se sienta solo, pero veo que no va cómodo tampoco así, que necesita llevar su propio ritmo.
A 10 kilómetros de Loudeac vemos los primeros ciclistas que ya están de vuelta, o sea que llevan , los muy brutos, unos 785 km mientras yo llevo 440. Son gente que se van a hacer la PBP de un tirón, sin dormir ni una sola vez. Pero claro, hay que tener piernas y ganas para eso.
Juan, calado hasta la médula Tras sellar, vamos al camping de Loudeac, donde vemos a Antonio que ha abandonado, cansado de ir solo en su lucha por hacerlo en 80 horas, de luchar contra los elementos y encima yendo muy justo para llegar a los controles. Los dos de las 80 horas han abandonado. Parece que este no era el año para intentar esa gesta.
Mientras cenamos nos cuentan que nuestros amigos del tandem tampoco van finos, que tienen problemas físicos. Josu dice que no le ve sentido a seguir en ruta. El desánimo cunde. Está lloviendo, la ropa está húmeda, uno se queda frío al quedarse parado, las tiendas de campaña están húmedas también por dentro, porque el camping es un lodazal y la lluvia se mete por todos lados. Ramón tiene el gesto torcido, parece estar sufriendo lo indecible, aunque en su vocabulario aún no aparece la palabra abandono.
Yo no tengo intención alguna de abandonar por el momento. Las piernas aún las tengo bien, pues no he abusado de desarrollo en ningún momento, el cuerpo me responde, tengo hambre a la hora de comer (señal inmejorable de que la pájara anda lejos), y he usado mucho tiempo durante el año para estar aquí como para abandonar a las primeras de cambio. Esto no puede ser, hay que seguir intentándolo. A Josu le convencemos para que siga también, o al menos para que no tome decisión alguna aún, hasta el día siguiente, para que vea como está después de dormir.

Loudeac-Carhaix (km 525)

Bici-triciclo espacial Después de 26 horas de pedaleo y más de 40 horas sin dormir, sólo tenemos ocasión de conciliar el sueño durante cuatro horas, pues tenemos que sellar en el control de Carhais antes de las 10,25 del miércoles y nos separan 75 kilómetros. Sin embargo parece mentira lo que esas cuatro horas de sueño reponen, pues nos sentimos fuertes como toros y salimos muy enteros, en un tramo mañanero que llueve menos y que permite disfrutar del pedaleo, pese a un buen número de cuestas de importancia. Eso si, los huesos un poco entumecidos por la humedad del suelo de la tienda y del saco. Todo está húmedo. El asfalto también.
Cuando salimos a las 6 de la mañana, pensamos que vamos a ir casi solos, pero estamos confundidos, hay ciclistas por todos lados: por delante, por detrás, ciclistas que nos pasan, ciclistas a los que pasamos, muchos ciclistas que vuelven ya. Josu se vuelve a reencontrar y tira hacia delante.
En Corlay (km 490) tenemos un control secreto que la organización tiene preparado. En ese momento está chispeando, así que se agradece entrar durante un momento en un sitio seco, pero también es cierto que vamos pensando en llegar a tiempo a Carhaix, así que no sienta bien esta pérdida de tiempo. De todos modos, tiene uno la sensación de que a medida que pasaban los kilómetros, la lluvia cada vez importaba menos. Indudablemente seguía siendo molesta, no te dejaba ver bien, te hacía tomar más precauciones y por ello a ir más despacio, no te permitía seguir a rueda de otros ciclistas, pero quiero decir que cada vez importaba menos en el sentido de que a base de notarla caer durante tanto tiempo, uno se acostumbraba a llevarla puesta, a ir mojado y a tener que pedalear para secarse y para quitarse el frío.
Reponiendo fuerzas en Fougeres Mucho peor era el viento, que aunque no soplaba siempre con la misma intensidad, hacía más duro el avanzar, de ese modo, un llano te suponía un esfuerzo similar al de una ligera subida, y en las bajadas sin mucha pendiente, había que pedalear con cierta intensidad para alcanzar la sensación de que estabas bajando. Todo eso, lógicamente, iba minando las cada vez más escasas reservas de energía.
A unos 40 kilómetros de Carhaix nos pasan José y Paco como una exhalación a Ramón y a mí, diciéndonos que apretemos, que vamos en tiempos para entrar fuera de control. No es esa la sensación que tengo yo, así que vuelvo a mirar la hora y los kilómetros que nos faltan y veo que no, que vamos bien, con una cama de media hora (en realidad era hora y media porque nosotros habíamos salido una hora más tarde, en el cuarto grupo), así que se lo digo a Ramón que se queda también tranquilo el hombre. No estoy dispuesto a pegarme ningún exceso apretando el ritmo más de lo necesario, tengo un respeto, por no decir miedo, enorme a esta prueba y guardo la secreta sensación de que toda fuerza malgastada me puede pasar factura más adelante, por lo tanto continúo con mi ritmo cansino pero constante en pos del control de Carhaix. Esto no quiere decir que no aprobara el ritmo que se habían impuesto José y Paco. Como cicloturista de alforjas he tenido ocasión de comprobar que es tan agotador ir muy rápido que a un ritmo muy inferior al tuyo, que esto último, por increíble que parezca, también cansa mucho. Para una prueba de la calidad y del esfuerzo de la PBP es imprescindible ir cómodo en todo momento con el ritmo que llevas, a veces incluso a costa de no ir durante un tramo con tus propios compañeros. Cada detalle que te permita ahorrar fuerzas o avanzar a gusto con el uso imprescindible de las tuyas, tiene que ser usado y aprovechado en pos de conseguir acabar la prueba en el tiempo previsto.

Carhaix-Brest (km 615)

Brest, ecuador de la ruta Llegamos con la prevista media hora de sobra a Carhaix y partimos hacia Brest, tramo que hago sin compañeros, pues unos van por delante y otros por detrás. Entablo conversación en inglés con un ciclista francés de Toulouse, que también ha perdido a sus compañeros, dice que por haberse quedado dormido más de la cuenta, y se nos pasa sin darnos cuenta la mitad del recorrido a Brest con la charla. Hablamos de sensaciones, de experiencias, de como resulta ir en bici por un país y el otro, de la práctica ausencia de arcenes en las carreteras francesas, del mayor respeto de los conductores franceses hacia los ciclistas, de las pruebas que hay en España y de las que hay en Francia, también saco yo el tema del ciclismo urbano, de la reglamentación ciclista, la comparamos, la estudiamos. El caso es que el tiempo se nos pasa volando.
Esto de hablar de vez en cuando con el resto de ciclistas lo considero algo primordial. En primer lugar porque es enriquecedor conocer las opiniones y costumbres de ciclistas de otros países y culturas. En segundo lugar porque uno de los peores riesgos que le veo a esta prueba es el aburrimiento, que te puede llevar a la apatía, de ahí a la negatividad y de ésta al abandono. Pero claro, para ello es necesario conocer idiomas. Con el inglés te puedes entender con la mayoría de los no franceses y con algunos franceses. El francés es, lógicamente, interesante para hablarlo con los ciclistas del país y con los voluntarios y otros personajes del mundillo de esta prueba.
Juan a su llegada a Brest No llueve apenas en este tramo e incluso sale el sol tímidamente de vez en cuando, eso anima mucho y te hace darte cuenta de lo fantástico que debe ser hacer esta prueba con una climatología más favorable. Si a eso se le une que se circulaba rodeado de bosques, no era raro que echara de menos mi cámara de fotos en esos tramos, para haber podido reflejar todo lo que estaba viendo, pero la tuve que dejar por miedo a que se mojara. Sólo en este mismo tramo, y a la vuelta, pude usarla.
La llegada a Brest es preciosa, con las vistas del puente de la ría que desemboca al mar, y la bahía. Eso sí, con un aire que sigue pegando en contra o lateral, generalmente muy fuerte. La cuesta arriba de llegada al control de Brest es de las buenas, con un desnivel fuerte, pero me la subo cómodo, sin forzar y, sin embargo, pasando gente todo el rato. Está claro que en pocos países hay los desniveles que hay en España y los ciclistas españoles somos, por ello, escaladores natos. Tras más de la mitad de la subida nos llega el susto al ver a un ciclista aparentemente accidentado o desmayado, atendido por la ambulancia.
No vi muchos accidentes, sólo alguna caída sin mayor importancia, pero sí presencié dos escenas que estuvieron a punto de convertirse en algo trágico, una por culpa de un automovilista y otra por culpa de un ciclista. A mi esas visiones me hicieron extremar aún más las precauciones.
Bicicleta y ciclista randonneur Al llegar al control de Brest no puedo evitar hacer comparaciones. El tramo Paris-Brest que he hecho es una distancia similar a la que hay de Madrid a Barcelona y lo he hecho en un periodo de tiempo relativamente corto. Esto me hace sentir la magia de la bicicleta, el tremendo poder que tiene como medio de transporte también para distancias largas y ese pensamiento, como persona reivindicativa de este vehículo, me llena de satisfacción por haberlo podido hacer por mis propios medios.
Cuando voy hacia la comida acompañado por Antonio vemos subir la cuesta de llegada a Emilio, de Pueblo Nuevo (Madrid). Nos saludamos muy rápidamente, esperando vernos más tarde, aunque al final no nos vemos. Una pena, porque Emilio es una persona muy agradable con quien compartir el pedaleo. Ojalá que llegara bien.
Devoramos la comida, repitiendo plato para coger el mayor número de energía posible. Josu nos cuenta su insólita conversación con el lehendakari durante este último tramo y nos reímos un rato. El ambiente de la comida es extraordinario y la moral está muy alta. El sol está calentando, secando nuestro cuerpo y nuestra ropa, al menos por el momento.

Brest-Carhaix (km700)

Reponiendo fuerzas en Brest Salimos esperando encontrar a favor el viento que hemos llevado en contra durante tantos kilómetros. Sí que lo tenemos en ocasiones, y se nota, pero a veces viene norteño, o sea frío y lateral, que nos dificulta avanzar.
Psicológicamente es gratificante empezar a “volver”, ya parece que todo es restar en vez de sumar como hasta ahora. Además pasas por lugares que reconoces de cuando has ido hacia Brest y que el terreno te resulte familiar también ayuda.
Se ven cosas muy peculiares en ruta. Algunas muy duras, como gente parada en las cunetas, apoyados en sus bicis, medio mareados o medio dormidos; gente que al llegar a los controles no sabe ni para donde ir, como zombies, andando con dificultad y con la cara desencajada. Durante la ruta les conté a mis compañeros lo que me había impresionado ver así a la gente, y uno de ellos me dijo: “bueno, deberías verte tu mismo” (glups). También ciclistas dormidos en sitios inverosímiles: encima de la hierba mojada, sobre un bordillo, una postura casi de equilibrista sentado en su bici y con la cabeza apoyada en una farola… Pero sí, quizás debería hablar de mi mismo. No recuerdo haberme visto tan al límite como otras personas que observé, pero si recuerdo algunas escenas, como cuando tuve que recibir la ayuda de los controladores en una ocasión para sacar el carné de ruta y la tarjeta de mi bolsa de credenciales, porque tenía las manos empadadas y me costaba mover los dedos de la humedad. También recuerdo los últimos días escenas patéticas al bajarme de la bici, pues parecía tan acoplado a ella, que al bajarme parecía que me iba a caer al suelo. Y luego está lo del último día, pero eso vendrá después...
Llegando a Carhaix empieza a llover de nuevo, para no dejarlo en toda la noche. Allí nos enteramos que Gene y Juanal, los compañeros salmantinos que estaban haciendo la ruta en tándem, han abandonado. La lista de abandonos es ya grande en las filas salmantino-madrileñas, pero los de 90 horas seguimos todos vivos.

Carhaix-Loudeac (km 775)

Ciclista empapado en agua Desde el control de Carhaix les contamos por teléfono a los del apoyo que no sabemos donde está Josu, que creemos que por detrás, pero que no estamos seguros. Ramón dormita sobre una mesa, yo intento poner en orden mis ideas y estirar un poco las piernas, que me empiezan a doler por primera vez en la ruta. José inquieto, pues ya se estaba quedando frío. El apoyo nos cuenta que no esperemos a Josu, que sigamos. No sabemos como interpretarlo, si es que Josu ya está por delante o si ha abandonado. Luego sabremos que llegaría unas dos horas después que nosotros a Loudeac, destrozado, con múltiples problemas físicos, donde abandonaría.
Al salir de Carhaix vemos que sigue lloviendo. El tramo Carhaix-Loudeac es de lo peor que recuerdo de la ruta. No dejó de llover durante toda la noche, el desnivel era un continuo sube y baja que había que ir adivinando según las piernas te dictaban, porque al ser de noche la vista no te permitía ir definiendo las marchas a utilizar en razón del perfil visual.
Explosión de alegría Ramón y yo nos quedamos solos y decidimos unirnos a un grupo muy numeroso de luces blancas y rojas (no se veían caras ni bicicletas a esas horas, sólo dichas luces) comandados por un grupo joven de ciclistas vascos con los que hicimos buenas migas. El ritmo era fácil de seguir y nos iba bien, porque: faltaban aún muchos kilómetros para acabar el día, estaba lloviendo y eso lo hacía más duro, podíamos perdernos y era mejor ir con un grupo numeroso y, sobre todo, la PBP no acababa ese día, no podíamos permitirnos llegar desfondados por la noche si queríamos salir con ganas de seguir al día siguiente. Por lo tanto nos amoldamos al ritmo del grupo cabecero, pero a una marcha asumible. Aún así se nos acabó haciendo duro por la lluvia, por el terreno y por el cansancio acumulado.
Al llegar al camping de Loudeac a eso de la 1,30 de la madrugada nos duchamos. Me resultaba extraño ducharme con lo húmedo que estaba de toda la lluvia que nos había caído, de hecho tenía los pies blancos y arrugados, pero lo cierto es que el agua caliente le sentaba bien al cuerpo. Dimos cuenta de una pequeña cena y a la misma tienda de campaña húmeda del día anterior, que parece que hubieran pasado varios días y en realidad habían pasado sólo 24 horas. Pese a la humedad, dormí como los ángeles, aunque sólo dos horas y media, pues de nuevo había que salir temprano para llegar a sellar a las 12 a Tinteniac.

Loudeac-Tinteniac (km 860)

Espaguettis que no falten El jueves era primordial para acabar la París-Brest. Si llegábamos por la noche a una hora prudente a Mortagne au Perche, el viernes podía ser un paseo triunfal de entrada a París. La idea era llegar a Mortagne a eso de la 1 de la madrugada como máximo… pero aún tenían que pasar muchas cosas. Eran “sólo” 310 kilómetros a realizar en el día. El sueño había sido reparador, pero las piernas ya dolían de verdad ¿Por qué me dolían las piernas con todo lo que había entrenado? ¿Sería la lluvia, sería la terrible orografía gala?
Antonio y Edu estaban enrolados en el apoyo tras sus abandonos, lo que les engrandece, porque lo normal después de abandonar hubiera sido amargarse y desentenderse, pero no, se quedaron a ayudar a sus compañeros, para que ellos al menos lo lograran. A mi me emocionaba verles ayudarnos y me obligaba aún más a terminar la ruta. Antonio me engrasó la bici, Edu me dejó un pantalón largo seco, unas zapatillas del 42 también secas, las mías llevaban chorreando desde el primer día y empezaba a sentirlas incómodas. Fueron dos bendiciones que me vinieron al pelo y que estoy seguro me ayudaron mucho. Por supuesto, dar las gracias también al resto del apoyo. Reme aguantó toda la ruta apoyando como una campeona. La mujer durmió casi tan poco como nosotros, se levantaba media hora antes que nosotros para tenernos preparado el desayuno y, debido a la humedad y al frío que pasó, acabó pillando una tos que dos semanas más tarde aún está curando. Por otro lado, Luis y Julián estuvieron los primeros días e hicieron también una labor ejemplar, Luis ofreciendo su experiencia de otros dos años en la PBP y Julián empeñado en empaparse del mundillo, quien sabe si con la intención de venir dentro de cuatro años a intentar acabar la prueba. Todos ellos de forma voluntaria. Muchas gracias.
El tramo hasta Tinteniac se hizo bastante bien, dado que estábamos con la frescura de la mañana, acompañados buena parte del tiempo de un grupo numeroso, que iba a un ritmo bastante constante. José les ponía la rueda de vez en cuando para incrementar el ritmo, pues el hombre no se veía bien a esa velocidad, lo que ocurre es que cuando él tiraba, quienes no íbamos cómodos éramos los demás. Está claro que teníamos diferentes piernas, él había hecho más de 1.500 kilómetros más que yo este año (9000 y pico, ante mis 7.500), yo venía de una sequía ciclista de tres años haciendo una media anual de sólo 3.000 km y es lógico que no lo sintiéramos igual. El caso es que José tira hacia delante, lo que me parece lo correcto, como he explicado antes.
Poco rato después pasamos un nuevo control secreto en el que sólo paramos lo imprescindible, llegando a Tinteniac poco antes de las 12 de la mañana. La mañana está muy plomiza, con aire lateral del norte y chispeando de vez en cuando.

Tinteniac-Fougeres (km 917)

Cielo amenazante Son sólo 56 kilómetros hasta el próximo control, así que los afrontamos con ganas, yendo a una media aceptable.
Saludamos a varios españoles que nos reconocen por el chaleco de Amigos de la Bici que llevan los compañeros.
Durante unos cuantos kilómetros lidero un numeroso grupo, mientras rodamos a un ritmo aceptablemente ligero para estas alturas. Me acompaña en paralelo un gallego residente en Mallorca, con el que ya he coincidido varias veces en la ruta. El hombre anda un poco mosca con sus compañeros de hazaña por no sé que razón, así que agradece un rato de charla para olvidarse de los malos rollos. Tuvo una avería que solucionó comprando una rueda nueva, por lo que anda retrasado con respecto a como querría ir. Ya en un par de ocasiones me dijo que no veía claro que pudiera llegar a los controles y en ambos casos le tranquilicé explicándole que, según mis cuentas, y salvo percances, estábamos en los tiempos. Hablando descubrimos que había leído mi crónica sobre mi ruta cicloturista a Cuba en amigosdelciclismo.com. y tenemos una charla agradable que termina cuando se me sale la cadena en un repecho.
Una rueda poco práctica de seguir A medida que avanzaba la prueba se incrementaban los gestos de solidaridad. El ambiente que tiene la prueba es algo que te mantiene vivo. Toda esa gente animando, toda esa gente colaborando, las múltiples mesas al borde del camino de gente ofreciéndote café, chocolate caliente, lo que tienen más a mano. Todo eso te emociona, te hace sentirte más fuerte y obligado a responderles con tu pedaleo y, cuando menos, con tu sonrisa. Lo cierto es que al principio de la ruta respondía ante estos halagos y aplausos con un saludo con la mano, un “merci” y una sonrisa. Más adelante, cuando el cansancio empezó a hacer mella, la mano se quedaba en el manillar y sólo decía un tibio “merci” y una sonrisa siempre sincera. El tercer día ya me ahorraba también el “merci”, pero siempre, siempre tuve al menos una sonrisa, que espero no pareciera muy forzada, para esa gente que te animaba y ayudaba de forma tan desinteresada.

Fougeres-Villaines la Juhel (km 1003)

Gente animando y aplaudiendo Llegamos a Fougueres a eso de las 3 de la tarde del jueves. Al ir a comer, vemos como José ya sale dirección Villaines, por lo tanto nos lleva una ventaja de al menos una hora. Paco, Ramón y yo llegamos más o menos juntos. Comida de nuevo bajo la misma parada de autobús, que nos protege de la lluvia que sigue cayendo. Yo como con ganas y abundancia y estoy deseando salir para no llegar muy tarde.
Me acaban de contar que por la tarde tenemos que hacer 170 km y me asusto. Cuando yo salgo a hacer desde mi casa 170 km me parece una distancia respetable para hacer en un día y necesito un buen número de horas para acometerlo. Ahora tengo que hacerlo en una tarde, con una paliza de más 900 kilómetros en el cuerpo desde el lunes por la noche, mojados, la salida es cuesta arriba y además habiendo hecho ya ese mismo día unos 140 km Es uno de los momentos mentales más frágiles de mi PBP. Tengo que echar mano de toda mi parafernalia de pensamientos positivos. Pensar sólo en el próximo control, el de Villaines, no en el total. Pensar sólo en pedalear, comer, beber, pensar que sólo quedaba un día, en mirar el paisaje, fijarme en las bicicletas de los otros ciclistas, en su indumentaria, charlar con algunos de ellos, etc.
Había mujeres de todas las edades La mente es muy importante en esos momentos. Son tantas horas encima de la bici que te da para pensar muchas cosas y si dejas que el mono loco de la mente se vaya por donde quiera en seguida lo vas a empezar a ver todo muy negativo, así que había que estar continuamente contradiciendo las malas sensaciones. Ante el “que frío hace” el “pedaleando voy calentito”. Ante el “cuanto llueve” el “ha llovido tanto que seguro que ya lo deja y además, pese a la lluvia, aquí estoy”. Ante el “vaya cuesta se nos viene encima” el “a los españoles no nos asustan las cuestas, y además luego vendrá una cuesta abajo” Así todo el tiempo, una lucha contra el tiempo, contra los elementos y, además, una lucha continua contra tu propia mente. Pero todo ello dentro de una aparente calma, sin dejarte comer por el agobio.
En cuanto al físico, todo se limitaba a pedalear con plato pequeño y cadencia alta en las subidas más fuertes, plato mediano en el llano y dejarse caer en las bajadas, aprovechando para hacer algún estiramiento, tanto en las piernas como los lumbares, los brazos y la espalda.
Así se me pasaron muy bien los kilómetros y fui cogiendo ritmo, pese a ir sólo al principio. En una de estas alcanzo a Paco, que va despacio, me cuenta que no va muy fino, que no le entra muy bien la comida, que le duele el talón y no sé cuantas cosas más. El hombre está quejoso, no se siente bien. Vamos juntos hasta Villaines, donde nos alcanza Ramón.

Villaines la Juhel-Mortagne au Perche (km 1085)

La almohada preferida Llegamos al control de Villaines con lluvia y salimos con lluvia. Nos tememos lo peor, otra noche lluviosa como la anterior, pero ahora nos quedan más kilómetros y es más tarde. Paco nos conmina a que vayamos juntos, que la noche es dura y que estando juntos puede ser más llevadero.
Este tramo se me hizo eterno. Unas veces porque paraba yo, otras porque paraban otros para tomar un café, el caso es que se nos hizo muy tarde. Creo que este tramo fue para mi lo más duro de la PBP y como íbamos obligándonos a ir juntos, seguramente acusamos las paradas y los momentos que uno mismo podría haber seguido pedaleando, de todos modos, tampoco le hacía ascos a no forzar la máquina, así que me daba por satisfecho. Si es verdad que hubo paradas, como la del mismo bar que nos detuvimos a la ida, en la que Paco tomaba un café y Ramón se echó a dormir en una escalera, que yo pensaba que podía estar pedaleando, pero creo que el sentido del compañerismo es parte de la PBP. Ellos también me habían esperado en otras ocasiones, y si bien es discutible si es más eficaz ir en equipo o a tu propio ritmo en una prueba como esta, creo que depende mucho de los momentos y, en definitiva, pienso que, si al final lo acabamos todos, seguramente hicimos lo más correcto en cada momento, dentro de las circunstancias.
En esta parada del bar que acabo de comentar, recuerdo una escena de la que ahora me río al imaginármelo, pero que entonces me resultó patética. Saqué un sándwich de los que nos preparaban los del apoyo. Iba mal envuelto en plástico y se había mojado por la lluvia. No hay nada más asqueroso que un sándwich con el pan mojado, pero era mi último sándwich y yo tenía que comer, por lo tanto no se me ocurrió nada más que cogerlo con las dos manos y escurrirlo como si fuera un trapo mojado, chorreando buena parte del agua. Quedó como un rollo de primavera, y así me lo comí, sin mirarlo, sólo pensando que era alimento. Tampoco estaba tan malo.
Las reclinadas eran la sensación En Mamers, a 25 km para llegar a Mortagne, Paco nos pide que paremos a tomar un café que ofrecen unos voluntarios en el borde de la carretera. Yo no tomo café, porque increíblemente no tengo problemas de sueño, pero aprovecho para comer algo, sentado en un bordillo, al otro lado de la calle. Al rato me llama Ramón, pues Paco está sentado en una silla, mareado, no puede levantarse. Le decimos que si llamamos a la furgoneta para que vengan a recogerle. Dice que no, que sigue en un momento, como así es. Vamos despacio y un tanto asustados.
La noche nos ha respetado bastante en cuanto a lluvia se refiere, pero al ir llegando a Mortagne comienza a llover de nuevo, justo en lo peor, en un tobogán de subidas y bajadas.
Llegamos a las 3 y 20. Ramón y Paco deciden irse a dormir, sin pasar a cenar. Yo prefiero cenar algo, por poco que sea, pensando en el día siguiente. Sólo dormiremos una hora y media, pero siempre es reparador dormir algo, por poco que sea. Dormí en toda la PBP un total de 8 horas solamente, pero las circunstancias así nos obligaron.

Mortagne au Perche-Dreux (km 1185)

Mezcla de alegría y fatiga en París Cuando me despiertan por la mañana estoy totalmente grogui. Me muevo a impulsos como un autómata, es la primera vez que me pasa esto al despertarme en estos días. Desayuno todo lo que puedo, con yogur incluido, pues sigo con miedo a ese desfallecimiento del que tanto se habla y que aún no me ha venido. Me monto en la bicicleta de manera mecánica y me pongo a pedalear como si nunca hubiera dejado de hacerlo. No sé por donde voy, si voy al este, al oeste o en dirección contraria a la que debería ir, sólo sigo las luces rojas de otras muchas personas que también salen a las 6 de la mañana para llegar a tiempo a sellar a Dreux a las 10,40. ¿Pero es que nos ponemos todos de acuerdo para salir a la misma hora o es que hay tanta gente pedaleando que las carreteras siempre están ocupadas por estos locos en bicicleta?
Es todavía noche cerrada. Veo borroso por el ojo izquierdo, no me he podido lavar la cara y me da la sensación de que tengo todavía una legaña pegada al ojo, me la intento quitar, pero no hay manera, sigo viendo mal. De pronto me doy cuenta de cual es el problema: se me ha caído de la gafa el cristal izquierdo en la tienda durante la noche, voy con la vista vizca. Me tengo que quitar la gafa, es peor mirar vizco que miope. Nadie me puede ayudar, es demasiado tarde, tengo que afrontarlo como pueda.
Llegada jubilosa de representantes españoles Quien no sea miope quizás no lo entienda, pero un miope sin gafas, además cansado y además con sueño tiene todas las papeletas para tener, cuando menos, un susto sobre la bici. Si a esto le unimos que el número de alcantarillas sin nivelar con la calzada y de baches es enorme, se puede entender que tuve que ir frenando en las cuestas abajo, porque no veía los agujeros hasta el último momento. Para mi desgracia, cuando empezó a salir un poco la claridad, saqué mis gafas de sol graduadas del bolsillo y se me cayeron al suelo, pasando por encima de ellas el ciclista que venía por detrás y destrozándolas por completo. No me lo podía creer. Me sentía desconsolado ¿Sería capaz de hacer tantos kilómetros viendo tan mal? Una vez más los pensamientos positivos: Si veo a mis compañeros estos me pueden ayudar; puedo seguir a un grupo que me guíe para no perderme, no vaya a ser que me pase alguna de las flechas de indicación. Pese a todo, me como unos cuantos baches y alcantarillas en mi recorrido, aunque afortunadamente no pasa nada, sólo un pequeño llantazo en la rueda delantera. La diosa fortuna volvió a mi lado.

Dreux-St. Quentin en Yvelines (km 1227 según la organización, 1264 según mi crono final)

Llegada de Juan, sin gafas, un tanto desorientado Llegué a Dreux a tiempo de sellar, aunque casi me pierdo al entrar en la ciudad. Paré lo imprescindible en el control y salí con José y Paco, que de nuevo iban más fuertes que yo en las cuestas arriba y se me fueron. Este tramo me lo tomé ya mucho más tranquilo, iba bien de tiempo y tenía mucha inseguridad al no ver bien.
No sé si por dormir poco o por verlo todo borroso, pero este día sí que me entraba sueño y, aunque parezca increíble que a uno se le cierren los ojos montando en bici, de vez en cuando se me cerraban y tenía que hacer auténticos esfuerzos para mantenerlos abiertos. Un canadiense estaba tirado en la hierba a sólo 40 kilómetros de la meta echando una cabezadita, se ve que ya no podía más. La postura en la que se ha puesto a dormir y como ha dejado la bicicleta, podría dar a pensar que se ha caído, pero no es la primera vez que pienso eso y, sin embargo, es simplemente gente que está durmiendo un poquito, que se deja caer tal cual, viendo que el objetivo está más que logrado.
Ciclista descansando al lado de la carretera Los últimos 30 kilómetros fueron una sucesión de repechos bastante puñeteros, pero el ritmo que llevaba me permitió tomarlos con filosofía. Incluso a 15 km para la llegada paré cinco minutos a comerme un bocadillo, esta vez seco ;-)
A unos 20 kilómetros de la llegada, en un fuerte repecho rodeado de bosque, un señor tocaba una campana al paso de cada ciclista, como se hace en los estadios de atletismo en la última vuelta. A mí, que he sido atleta, me rememoró una agradable sensación de sentir que esto se estaba acabando, que estaba llegando. Le di las gracias cuando tocó la campana a mi paso y me regaló una muy sincera sonrisa. Luego un ciclista francés que iba tras de mí, me contó que el hombre de la campana se pone ahí todos los años, que es un clásico de la PBP.
En los últimos 10 kilómetros los ciclistas me empiezan a pasar escopetados, se ve que tienen prisa por llegar, por robar unos minutos. Yo no tengo prisa en absoluto. El objetivo ya está cumplido, voy a llegar de sobra, así que voy tranquilo, para evitar caídas, para no machacarme más y para hacer más largo este momento de disfrute. Al fin y al cabo, ésta no es una prueba competitiva. Como no podía ser menos, y pese a que no nos había llovido en toda la mañana, en los últimos kilómetros el cielo nos suelta un chubasco de vez en cuando para que lleguemos bien mojaditos, pero ya me da igual.
Bellos paisajes A 10 kilómetros de la llegada un inglés está desesperado porque la cadena de su bicicleta le pega unos chasquidos tremendos cada vez que pedalea. El hombre está muy inquieto, porque esa distancia que le queda le podría suponer no llegar a tiempo si no repara la avería y sólo repite una y otra vez en inglés: “esto no me había ocurrido antes”. Al final lo repara, porque me coge en los últimos 500 metros y, como el resto de ciclistas, me pasan raudos y veloces, como si fueran a quitar la meta.
Lo que le ha pasado a este ciclista me hace pensar en ese momento en la suerte que he tenido a nivel de averías y de pinchazos, ni uno solo. Si es verdad que la cadena se me ha salido varias veces, cosa que antes no me pasaba. También la alforja, que no iba suficientemente bien fijada, se me ha caído cuatro veces, pero eso ha sido todo. Me doy por satisfecho. En muchas ocasiones vi a ciclistas que estaban reparando un pinchazo de noche y lloviendo, enchufando como podían con las luces para ver algo y daba gracias a Santa Rueda por no tener ese tipo de percances.
A 2 km de la llegada me paro para quitarme la chaqueta-chubasquero y lucir, por primera vez en toda la ruta, el maillot de Amigos de la Bici de Salamanca hecho para la ocasión, que había permanecido escondido hasta ahora dadas las inclemencias del tiempo.

La llegada y conclusión

Dos tandem reposando La entrada a la rotonda de llegada es imposible de calificar. Al primero que encontré fue a Edu, antes justo de la rotonda, que me hacía fotos y me gritaba con júbilo que lo había hecho muy bien. Pero la apoteosis fue al entrar a la rotonda. Por avatares del destino y de pararme en los semáforos cuando estaban en rojo (cosa que no hicieron unos españoles que iban conmigo y que se adelantaron) llegué sólo a la meta por lo que, al entrar en la plaza, de pronto escuché un gentío que aplaudía, vitoreaba, hacía fotos y aclamaba a alguien… ¡Era yo! No veía a nadie, al ir sin gafas, pero les oía y sólo se me ocurrió sonreír hacia un lado y otro lo mejor que la emoción me dejaba hacerlo. Luego el trámite de entrar al campo de fútbol, dejar la bici, sellar y recibir las felicitaciones de todo el mundo, brindar con champán con los compañeros y compañeras y, pensar en dormir, dormir como un lirón durante varios días.
En definitiva, es una lástima que el tiempo no nos haya permitido disfrutar un poco más de la ruta, aunque sin duda lo ha hecho mucho más valeroso, y aún así ha tenido muchos momentos interesantes y emotivos, haciendo de esta ruta una experiencia única en mi vida.
Lo que no entiendo (no puedo entenderlo, de verdad), es que llegué convencido de que no volvería, de que una de las razones que más me llevaron a continuar en los momentos difíciles era que, como no iba a volver a hacer la PBP, esta vez tenía que acabarla. Sin embargo al día siguiente mi mano escribía, según la experiencia aprendida, consejos para dentro de cuatro años, con la excusa de que podían servir para otras personas, pero en el fondo sé que los estaba escribiendo para cuando yo volviera. Algo tendrá la PBP ¿no?

3 comentarios:

xose pi dijo...

Joder con la PBP... tío, y contigo... que casi me quemo las pestañas con tantas letras, y tan juntitas y pequeñas.

Ponlle fotos, mecajontó!!

La virgen con el paseillo. Yo le acabo de dedicar una a la TITAN DESERT, otra macarrada de prueba. Aunque a quien no (yo sí!!) no le gustaría probar??

xose pi dijo...

Una sugerencia: si modificas, en la CONFIGURACIÓN del blog, creo que es, hay una opción para los comentarios que te permite ponerlos que aparezcan en una VENTANA EMERGENTE.
De este modo, no tienes que volver atrás después de comentar y no hay que recargar de nuevo el blog. Simplemente lo eliminas, o lo minimizas, según prefieras. Estás viendo el blog al mismo tiempo.

Pues ahí va la sugerencia. Son 100 duros!... de los de antes!

Anónimo dijo...

Tomo nota y a ver que se puede hacer.
Cosas de NOVATOS.

CLUB MOLON

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Pincha YA!!!!